
Quería escribir una novela policiaca. Sobre una mujer policía grandota y ruda.
Era todo lo que sabía.
Al escribir una novela es importante investigar para darle coherencia al mundo ficticio que vas a construir. Es la parte que más me gusta del proceso. La más divertida. Me puse a hacerlo.
Le pedí a Paco Taibo II que me sugiriera novelas de mujeres policias o detectives. Me recomendó a
Sandra Scopettone. Me gustó mucho. Aún tengo pendiente leer alguna de las novelas de Patricia Cornwell.
Me entrevisté con un amigo policía. Luego con otro. Descubrí un mundo fascinante y aterrador al mismo tiempo.
Pregunté a dos amigas científicas. Quería saber sobre neurotransmisores. ¿Se puede diseñar en un laboratorio la droga perfecta? Releí
Las sustancias de los sueños, de Simón Brailowsky, un libro fascinante.
Decidí retomar a Lizzy, personaje de mi novela
Tiempo de alacranes. Andrea Mijangos, la mujer policía aparece también como un personaje incidental en aquel libro. Me gustaría crear una serie.
Una historia sobre una mujer que hereda un cártel tras la muerte de su padre y decide convertirlo en una corporación criminal global. Una proveedora de experiencias psiconáuticas.
El amante de Andrea, otro policía judicial, se atraviesa tangencialmente en el camino de Lizzy. Lo matan. La gorda quiere venganza.
El enfrentamiento entre dos mujeres que de alguna manera son dos caras de una misma moneda. En medio, un genio desequilibrado tratando de hacer alquimia con las drogas.
Terminada la novela la mandé al premio Grijalbo. Fui el primer sorprendido cuando supe que ganó.
El anuncio oficial tardó varios meses, La editorial quería que el libro estuviera impreso y distribuido a la hora que se anunciara.
Durante el proceso de edición mi amiga Karen Chacek leyó el manuscrito. Me hizo una serie de observaciones valiosísimas que permitieron limarle las rebabas. Gracias, Karen.
Me involucré de metiche en el diseño de la portada.
Mi editor, Andrés Ramírez, descubre que hay otra novela llamada
Hielo negro, sobre narcos mexicanos. Fue escrita por
Michael Connelly en 1993. "¿Cambiamos el título?", pregunto a Andrés. Él sugiere que lo dejemos, que son muy diferentes.
Es verdad. Al leerla descubro que el otro hielo negro es una especie de crack. Muy buen libro, por cierto. Pero no tiene nada que ver con el mío.
Todo el tiempo que estuve escribiendo la novela mi título era
Burning Ice. Así, en inglés, refiriéndose a un hielo que arde pero también a miradas asesinas entre mujeres. Era imposible ponerle un título en inglés, lo reservaré por si algún día se traduce (ojalá).
Finalmente descubro que el nuevo disco de AC/DC se llama
Black Ice. No soy gran fan pero me gustan. Me robo el nombre.
Resulta que los títulos no se pueden reservar. Hay varias novelas con el mismo título (de golpe pienso en
Recursos humanos, una del mexicano Antonio Ortuño y otra del colombiano Antonio García Ángel, totalmente distintas entre sí).
Mi amigo Paco Haghenbeck es de los primeros en leerla. La define muy bien: "una novela cyberpunk disfrazada de policiaca." Me gusta.
Lo importante para mí es que el libro está publicado. La botella ha sido lanzada al mar. Sólo queda esperar. Siguiendo la costumbre de mi amigo José Luis Trueba, lo compré en el primer lugar donde lo vi, el Péndulo de la colonia Roma, para darle suerte.
Me divertí mucho escribiéndola. Espero que los lectores se diviertan layéndola.